¿Cuál es Nuestro Fallo en Obedecer? – Pablo Thompson

Una de las críticas que más oigo de mi énfasis sobre el evangelio es que produce licencia. Mis críticos me dicen que debo presentar un equilibrio entre gracia y ley. Ellos argumentan que el moralismo fue un problema grande en la iglesia hace unos años atrás, pero ahora el problema es libertinaje. Tenemos que frenar esta tendencia con un mensaje fuerte de ley y reglas.

En la superficie, parece que mis críticos tienen razón. Se pudiera argumentar que nuestro ambiente hoy día está más cargado de inmoralidad que nunca, no sólo en la sociedad en general sino también en la iglesia.  ¿Entonces, cuál es la necesidad de predicar gracia? ¿Es el mensaje de gracia lo que está promoviendo esta laxitud en la iglesia?

Quiero dirigir tres preguntas a los que tienen esta duda.

  1. ¿Son el legalismo y el libertinaje dos extremos opuestos?

El argumento del “péndulo” es uno que conozco bien, no sólo porque lo oigo frecuentemente, sino porque lo he usado también antes de entender bien el evangelio. Ahora entiendo que hay una gran falacia en llegar a esta conclusión. Desde la caída del ser humano en Génesis 3, legalismo (auto-salvación) siempre ha sido nuestro problema mayor. Este fallo no se desplaza a otra postura cuando la cultura cambia, solamente toma una forma diferente.

 

Presta atención a la enseñanza de nuestro ambiente evangélico y oirás al legalismo y al libertinaje presentados como dos lados de un precipicio que debemos evitar. Legalismo, se enseña, ocurre cuando se enfoca demasiado en la ley y reglas; libertinaje cuando el énfasis es demasiado sobre la gracia.  Así que para mantener un equilibrio sano, hay que balancear la ley y la gracia. Si se nota que se habla demasiado de gracia, hay que balancearlo con ley. Esta idea de equilibrio ha sido uno de los bloqueos más grandes en poder entender el evangelio en toda su profundidad y belleza radical.

Es más exacto teológicamente decir que el enemigo primario del Evangelio – el legalismo – nos llega en dos formas. Alguna gente evitan el evangelio y tratan de salvarse por cumplir la ley, hacer lo que sus pastores dicen y mantener las normas establecidas. Podremos denominar esta postura como legalismo por la puerta delantera. Otras personas tratan de evitar el evangelio quebrantando las leyes, haciendo lo que les da la gana y desarrollando una vida autónoma. Podremos denominar esta postura como legalismo por la puerta trasera. Estas dos posturas se ven claramente en la parábola del Hijo Pródigo, que relata la vida de dos hermanos, ambos perdidos, uno que trató de buscar felicidad en el mundo, el otro quedándose en casa.

Hay dos “leyes” que son atractivas para la mayoría, una que dice que puedo hallar libertad y plenitud de vida si mantengo las normas, la otra que dice, puedo encontrar libertad y plenitud si hago mis propias leyes. En ambos casos, el intento a libertad y vida es legalista porque ambos son proyectos de auto-salvación. Guardar una regla o quebrantar una regla, ambos, pertenecen a la misma pasión por autonomía (autogobierno).

Queremos estar en control de nuestras vidas y destinos, entonces la única opción es conquistar la montaña con ascetismo o con licencia. Sería un fallo pensar que hay dos picos, uno legalismo y el otro liberalismo. Lo que se llama licencia es solamente otra forma de legalismo, y lo que se llama moralismo es también un intento a salvarse por ser bueno. La única solución a nuestro intento de auto-salvación es

el rescate ofrecido por fe en Jesucristo.

 

  1. ¿Puede la ley producir cambios de corazón?

¿Cuál es la solución para la licencia? La presuposición es que propugnar obediencia nos hará más morales, que predicando ética nos hará más sagrados, que enfocando sobre la ley, nos hará más rectos. ¿Es esto cierto?

Entiendo la reticencia de predicar gracia en un ambiente de libertinaje como la  nuestra hoy día. Parece que esto es la última cosa que nuestros congregantes deben oír, ¿no es esto cierto? Seguro que nuestros oyentes interpretarían la gracia como permiso para licencia. Me parece completamente lógico pensar que la única forma de ayudar personas libertinas es por intensificar nuestras exhortaciones a la buena conducta. Si pensamos así, entonces lo que desesperadamente se necesita en la iglesia es un enfoque renovado sobre la ética, el deber, la conducta, y la disciplina. ¿Ud. está seguro, es la solución para la dolencia espiritual y rebeldía hacer más énfasis sobre la ley?

Quizá algunos pueden identificarse con el pastor que escribe: “He descubierto que es muy común atribuir un estilo de vida desenfrenado a la predicación de gracia. Razonamos que la culpa por la desobediencia es que el evangelio fue presentado demasiado libre, demasiado incondicional, sin suficiente énfasis en la ley.  El resultado es una moral laxa, una vida libertina y desenfrenada, como si creeremos que el mensaje liberador del evangelio realmente produce, promueve y otorga licencia para pecar. Debido a este razonamiento nos encontramos  tímidos, cohibidos, y tentativos  fijando restricciones sobre el evangelio para prevenir o limitar libertinaje. En otras palabras, el evangelio se hace nuestro prisionero debido al temor que puede producir una vida desenfrenada.”

La verdad es que la desobediencia y la laxitud moral suceden, no cuando escuchamos demasiada gracia, pero cuando escuchamos muy poco de ella.  Recibí una carta hace poco que decía: Durante el último par de años, he estado luchando con la predicación en mi iglesia, ya que ha sido cargado de exhortaciones a cumplir y cumplir más. Después de un sermón, me siento condenado sin poder superar mi falta de poder obedecer. En los últimos meses, me he encontrado muy deprimido espiritualmente, ni siquiera con ganas de asistir  la iglesia. En mis conversaciones con el pastor, me ha dicho que la gracia es para los no cristianos y la ley fue dada para los creyentes. Si se predica gracia a los creyentes, esto produce libertinaje. ¿Es esto cierto? En mi caso, estoy perdiendo el deseo de intentar ser cristiano porque no lo puedo alcanzar. ¿Ud. me puede ayudar?

La ironía del legalismo es que exige mucho pero produce poco.  El moralismo no produce santidad, sino inmoralidad.  Cometemos un error grande cuando concluimos que la ley es la solución para mala conducta. El hecho es que la ley suscita conducta inmoral. La gente se ponen peor, no mejor, cuando se impone la ley. El Espíritu Santo usa la ley, tiene su propósito en nuestras vidas, pero  la ley y el evangelio  tienen funciones muy diferentes.

En su carta a los Romanos, Pablo en capítulo 7 aclara que la ley exige la necesidad para cambios pero es impotente de producirlos. La ley señala la justicia pero no lo puede realizar. Nos muestra lo que es la piedad, pero no nos puede hacer piadosos. La ley puede informarnos de nuestra maldad, pero no puede transformar el pecador. Podemos predicar con gritos y energía lo que debemos hacer y las maneras en que estamos fallando, pero informando la gente lo que necesitan hacer no tiene el poder para hacerlos desear hacerlo. Puedo señalar mil razones por la cual debemos dejar el pecado – la salud, las relaciones, el cielo, el infierno, las consecuencias – pero saber que estoy haciendo mal, no me cambia ni me da el deseo de cambiar. La gracia y solamente la gracia tiene el poder de inspirar lo que la ley demanda.

En Romanos 6:1-4 tenemos la famosa declaración de los críticos de la gracia, “¿Qué, pues, diremos? ¿Preservaremos en el pecado para que la gracia abunde?” Ellos estaba argumentando que  la gracia nos abre la puerta para vivir como nos da la gana. Pablo no contesta sus opositores poniendo frenos sobre la gracia, no dice, “bueno, tenemos que ser equilibrados, un poquito más ley mezclados con gracia”. Lee el pasaje, Pablo contesta sus críticos arrojándoles más gracia, gracia sobre gracia. Pablo sabe que los libertinos no son aquellos que tienen una fe robusta en la gracia de Cristo sino los que tienen una idea demasiada estrecha de la gracia.  El antídoto para la licencia no son más imperativos, sino la realización que el evangelio traga la tiranía del pecado como también su condenación. La verdad es cuando nuestras congregaciones comienzan a probar, cada vez más profundamente la radical, incondicional gracia de Dios, es cuando tendrán el poder y las ganas de vivir una vida santa y consagrada.

 

  1. ¿Debe nuestra énfasis ser la transformación de vida?

Escuchen atentamente: hemos concluido que el enfoque de nuestro mensaje es la vida que hemos de llevar como cristianos, es decir, que nuestro mensaje ha desplazado a Cristo y él crucificado a un énfasis sobre cómo debemos de vivir. Desde la caída todos hemos sido obsesionados con nosotros mismos. En algunos casos se muestra en forma del evangelio de la prosperidad, y en otros casos se manifiesta de una manía con “santificación” o “santidad”, en breve, hemos concluido que el eje de nuestra fe es en realidad la transformación, no la vida y sacrificio de Jesucristo. En otras palabras, la sustitución de Cristo ha llegado a ser un medio para un fin, una vida cambiada.

No me interpretan mal: el evangelio sí nos transforma, el evangelio si produce una vida cambiada, pero una vida cambiada no es el evangelio. Aunque sea el anhelo para un matrimonio más feliz, o para mejorar la salud, o para tener mejores relaciones, nuestros congregantes oyen más sobre lo que debemos hacer y menos sobre lo que Cristo hizo. Hemos sustituido el evangelio de Jesucristo por el evangelio de mejor conducta. Hemos tomado nuestra ojos de Cristo, “el autor y consumador de nuestra fe” y lo hemos puesto sobre nosotros mismos.

El teólogo Donald Bloesch observó, “Entre los evangélicos no es la justificación de los pecadores (el tema de la Reformación) que toma presidencia hoy, sino la santificación de los justos”.  Con este cambio vino un enfoque renovado en la vida interna de la persona. La preocupación principal hoy es, “¿qué tal estas?” una cuestión subjetiva, en vez de ser, “¿Qué hizo Jesús por ti?” Como resultado hemos sido enseñados que la vida Cristiana es un estilo de vida, que la esencia de nuestra fe se centra en como vivir, y que la prueba de nuestra fe es el cambio interno que experimentamos. El resultado es que nuestro comportamiento, no la obra cumplida de Cristo en la cruz por nosotros llega a ser el enfoque de nuestros sermones y conferencias y enseñanzas. Lo que debo hacer y cómo debo de conducirme se ha convertido en la esencia de nuestra fe.   Cuando perdemos a Cristo y él crucificado, perdemos todo.

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